Daicar

¡Y qué vivan los días de madre!
Salvo las postales, nunca había escrito nada por el Día de las Madres. Mis colegas hombres se encargaban siempre de admirar y convertir en poesía las proezas cotidianas de ellas, sus virtudes y entregas.
Pero desde que aquel bultito al que llamamos Claudia comenzó a mirarme desde su cuna, y aún sin verme, a sonreírme; desde que me enseñó de dolores dulces y lágrimas alegres; desde que convertía el desvelo nocturno en una mezcla de cansancio y placer, hasta ahora que me aprieta con sus manitas y se pone brava si no entiendo su idioma, he aprendido a querer mucho más a las madres.

Gracias a su llanto y a su sonrisa, a sus travesuras y sus palabras enredadas, admiro más a la mía, que a fuerza de ejemplo me ha enseñado a amar lo bueno y lo útil; a las amigas, cuyas anécdotas y acciones me prepararon para este difícil oficio en el que ninguna preparación es suficiente; y a las desconocidas que en cualquier parte del mundo, y en especial en esta Isla, viven orgullosas y apasionadas sus días “de madre”.

Sí, porque después de la maternidad casi todos nuestros días son, en buen cubano, “de madre”. Me lo dice, sin decirlo, la que temprano a la salida de la casa, sudorosa ya por los trajines matutinos del desayuno, del baño, del orden, aún convence a su pequeño de que debe ser esa y no otra la ropa, de que los juguetes no pueden llevarse al círculo, de que ir a la escuela lo hará más grande en todo.

Casi me lo gritan, sin quererlo, la que pedalea con el hijo en el asientico o en la parrilla, y la que casi corre con el suyo por la acera para no llegar tarde, y sin embargo buscan fuerzas para conversar, para acariciar, para cantarles.

Me lo cuenta, sin saberlo, la que en la parada, o en el trabajo, o en la cola no habla sino de los grandes triunfos de su vástago, que puede ser la graduación universitaria o el primer paso, aprender a leer o convertirse en papá… y también la que en la parada, o en el trabajo, o en la cola no habla porque le duelen sus preocupaciones: la tardanza de anoche, la rebeldía adolescente, el resultado del análisis, el zapato necesario, la merienda de mañana.

Me lo escribe con sus hazañas la que en la selva o en el cerro ajeno, cura a aquel extraño casi con la misma ternura con que quiere a su hijo, ahora desde lejos. Me lo susurra con su mirada la que en la puerta del tribunal se pregunta qué le faltó para que el suyo no se le descarriara.

Cada una de ellas, mientras anda y Claudia mientras me abraza, me inspiran a escribir de todas las madres, de las que en los años más duros sólo dejaron de sacrificar sus vidas para que permaneciéramos, y en estos días —duros igual, aunque distintos— se empeñan en aclarar caminos hacia la verdad y la virtud; de las que han entregado, y entregan, a sus hijos a las dignas causas de la madre de todos; de las que no han podido serlo por naturaleza, pero lo son, y con creces, de corazón; de las “abus”, “abuellas”, “mimas” y “buelis”, cuyo amor viene por partida doble o triple, como ellas mismas; de las tías, las verdaderas y las postizas, magas capaces de hacer de cada atardecer una fiesta.

Desde que tuve aquel bultito en mis brazos mis días cambiaron para siempre tal como me habían contado muchas madres, casi todas me dicen que nunca acabaré aunque ella crezca, aunque sea independiente, aunque se convierta también en mamá. Pero esta será una eternidad dulce, muy dulce. Claudia llegó a trastocar mis horarios y, tal como me ha escrito un amigo poeta de cotidianidades, la vida para mí ha comenzado.

Publicado en el periódico Adelante, de Camagüey, en su semanario sabatino, el 8 de mayo del 2010.

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